Cada mañana siento que algo
escala desde mi estómago, subiendo por mis pulmones y clavándome las garras con rabia. Algo pretende salir de aquí. Noto cada movimiento, y parece que a
medida que va subiendo, más ansía salir de aquí.
Creo pensar que se trata de un
sentimiento que quiere renacer… Enterrado, pisoteado, infravalorado y ensuciado
de malos recuerdos... Que decidí guardar para siempre.
Represión. Apagar las emociones,
las sensaciones y los sentimientos venenosos.
Esa fue mi decisión.
Aprendí a reprimir todo tipo de
vértigo, de miedo, de ira, de odio, de amor, de necesidad,… de interés. Nada me
importa ahora, me siento bien. No me podría llenar de mierda, de mariposas de
colores, de brillo en los ojos… De historias de cuento, de levantarme
pensando en alguien… De estupideces... No. Ya no. Eso va en contra de mis principios.
Y no quiero volver a ser una estúpida.
Sin embargo, toda decisión tiene
una raíz. Siempre hay un motivo. Una razón.
Mi raíz, motivo y razón es que, traída por la corriente de intensos sentimientos, le brindé un poder que podía derrumbarme en cualquier momento. Él era mi
punto débil. Y yo fui una auténtica inconsciente. Y sin
querer, se lo dí... porque le quería.
Nada volvió a ser como antes
desde aquel día. El amor floreció una noche de lluvia, más bien granizada. Mi objetivo es que, pese a la distancia que he establecido, no siga floreciendo más. Su presencia me debilita. Qué contradictorio suena... Cuando a su lado también me he sentido viva, con un cúmulo de emociones diario que me hacían explotar… y era feliz. Era una bomba de calor. Pues si es así, no quiero sentirme viva. No quiero estar cerca suya.
Y... ¿quién está atento cuando está enamorado? No decidí ser así. Puede
ser que seamos el efecto de causas pasadas. Puede ser. Pero ya no me culpo de haber sido una ignorante, pues estoy bien.
Hasta que se cruza en mi camino. En mí nacen unas ganas
de eliminarlo para siempre mientras noto ese sentimiento escalando, los
latidos de mi corazón disparándose, las manos temblando… Y entonces recuerdo
que le quiero. Por dos cortos segundos. Y no puedo evitarlo.
Desgraciadamente hay cosas que son inevitables, como recordar cómo era cuando estaba con él, como que me hace débil y sólo mi solución personal puede darme tiempo a buscar otra menos "inhumana".
Por eso he de mantenerme lejos.
Y así fue, le corté la corriente
a mi humanidad, y ya no hay chispa aquí dentro. Siento sus ganas de intensificarme. No tira la toalla, y sé que no la tirará. Y cuando cree que está a punto de salir, las palabras mágicas se repiten… “Ya tuviste tu momento de gloria, amor.” Y, al mismo tiempo, sin darse jamás por vencido, repite el intento.
Nichols, M.A.
Buck's Row, Durward Street.