24 agosto, 2015

ERRORES, Y OTRAS DROGAS

Desde que llegó a casa, no dejó de repetirme que había sido un error… y tampoco le dio el protagonismo que esperaba al Sr. Arrepentimiento, quien concluye todo final triste. Cuanto más se empeñaba en encontrar una razón lo suficientemente firme para salir por la puerta por última vez, más desvestía sus ganas de quedarse con mis cenas pre-cocinadas, mis besos en el cuello y mis manías el resto de su vida.


Sé que en su época adolescente, soñaba con construir una vida perfecta después de conocer a su alma gemela en una historia de ensueño, que más tarde contaría a sus cuatro hijos en el porche de su casa con las mejores vistas al Mar Egeo de todo Mykonos
y aprendió a base de chutes de realidad que no todo está en sus manos
que hay personas que alteran presentes y futuros
personas que son errores.


Y que hay errores que tienen sonrisas únicas, de esas que vician más entre beso y beso, si las miras desde arriba


errores que cada noche, invierten sus últimos minutos en mirar cómo te acomodas en el pecho mientras robas sus sueños

errores que prefieren vivir despiertos el sueño de ver cómo sueñas

errores que emplean sus madrugadas en expresar cómo se sienten con caricias y enredos en tu melena despeinada

errores alérgicos a parecer un acierto, un buen partido, un gol olímpico, un atardecer en Formentera comentando el cóctel con Armani del restaurante “Juan y Andrea” 

errores que absorben la imperfección como mayor virtud y la improvisación como mejor plan

errores cuya respiración te suena mejor que el romper de las olas una noche de verano

errores efímeros que valen la pena y la alegría cometer

errores que te demuestran que son paraíso

que son casa.


Entonces comprendí que era lógico que no me molestara tanto como debería. Al contrario, estaba bien que dudara de un mañana conmigo y acto seguido, ansiara una vida entera.

Quizá fue impulsado por el hecho de querer mejorarme y no saber cómo
y el hecho de no tener arreglo es lo primero que supo esa noche.

“ojalá todos los errores que he cometido fueran la mitad de especiales que tú”

acto seguido pensé en lo dulcemente ridículo que sonó
y en cómo se giró, utilizando una mirada que pedía a gritos la excusa perfecta para subirme a la encimera
una mirada con hambre que prefería dejar la cena para desayunar
“prefiero cometerte que aprender por tu culpa”



La pizza se enfrió… 
aparentemente, fue la única que sintió frío esa noche.