El despertador no le molesta porque las madrugadas ya se ven preciosas, los amaneceres le muerden los labios, el sabor del café le sabe a buen día. El reflejo del espejo que colgó frente a la cama, siempre le da un motivo para ser feliz. Mientras escucha 50 Ways To Leave Your Lover, se viste y sonríe imaginando qué le tiene preparado el día. Y se ríe, porque se está convirtiendo en rutina ponerse la camiseta al revés. ¡Se le ocurre algo! Pero no encuentra el cuaderno. La apunta en un post-it e intenta encontrar un hueco en la puerta del armario para pegarlo. La cara de Robert J Downey parece un buen sitio... Y desde la cama la miro, y no dejo de mirarla... Aunque su inspiración inesperada sólo puede significar una cosa: llegar al trabajo por los pelos.
Ha avanzado.
Está avanzando.
Sin embargo, en el fondo todo le sigue pareciendo extraño.
Su sensación de felicidad es indescriptible, como todo lo que realmente importa… Y paraliza los sentidos.
Lo que le deja sin palabras, lo que no requiere explicación.
Lo que simplemente disfruta.
Lo que teme a que se vuelva costumbre.
Teme a la rutina emocional.
Suele decir que el precio que hay que pagar por ello es el futuro inconformismo… que ir detrás de la vida ideal es peligroso. Sería incapaz de renunciar a su vaivén de sentimientos… De extrañar lo inexplicable.
Lo mismo le sucede con el amor de hoy en día. Enamorarse es la sensación de apostar por el último caballo y ganar. Enamorarse es creer que mereces una oportunidad. Enamorarse es una enfermedad que no tiene cura y que todos quieren padecer. Enamorarse es un experimento social que pone a prueba el nivel de riesgo que la gente está dispuesta a correr.
Arriesgar también tiene precio.
Entonces entiendo por qué la mayoría actúan borrachos...
Por si se enamoran.
Mejor elegir romper un alcoholímetro, que un corazón.
Ella no entiende que una emoción tan inmensa y pura tenga nombre: amor. Es imposible que en las fiestas sorpresa dejen al protagonista sin palabras y el hecho de sentir un torbellino de sentimientos y emociones hacia alguien se reduzca en la estúpida palabra “amor”.
Hace poco descubrió el secreto de la rutina: vivir lo mismo y hacerlo diferente cada día.
Excepto lo que no tiene secretos: lo que no tiene nombre. Por eso es tan difícil de describir. Es tan fuerte el torbellino de sentimientos y emociones, que nadie ha parado a pensar en cómo llamarlo… Ni tan siquiera en renombrarlo.
Simplemente nos limitamos a sentirlo, y a fundirnos en él.
Ella como siempre, al revés, prefiere llamarlo amor al revés. Roma.
“La belleza de Roma es impresionante e indescriptible, como aquellos sentimientos que nos dejan sin aliento. A Roma la contemplan, la observan... La disfrutan. Como nosotros al experimentar eso tan difícil de explicar... Amor es sólo una palabra estúpida con definición estúpida.
A lo que yo me refiero es mucho más que un nombre y una definición.”
A lo que yo me refiero es mucho más que un nombre y una definición.”
Ella es Roma.
Y yo, un simple turista que la contempla, la observa,... La disfruta.
Y yo, un simple turista que la contempla, la observa,... La disfruta.
Es mi propia Roma.
Ya comprendo por qué todos los caminos me llevan a ella.